viernes, 4 de septiembre de 2015

Pasado y futuro de las librerías vascas





    Lagun abrió sus puertas en el centro histórico de San Sebastián en 1968 y en pocos años recabó hasta una docena de expedientes y actas sancionadoras, con multas por vender ediciones latinoamericanas de libros prohibidos de Antonio Machado o Pablo Neruda. En paralelo, fue víctima de reiterados ataques de la extrema derecha, pintadas con spray, ¡arriba España!, petardos y piedras, los libros del escaparate cubiertos de vidrio roto. Los cócteles molotov que los guerrilleros de Cristo Rey lanzaron contra la librería en 1975 reventaron también las ventanas de las viviendas cercanas. Una violencia, ya en democracia, cogió el testigo de otra. Desde 1980 se sucedieron las agresiones de ETA y sus esbirros, hasta el extremo de que se volvió difícil conseguir que las compañías de seguros cubrieran los cristales. Con latas de pintura roja y amarilla, dos encapuchados entraron en 1995 y embadurnaron los libros y los anaqueles. Durante el año siguiente la fachada del establecimiento, psicóticamente asediado, parecía estar en Kuwait o en Sarajevo.
    Tras el enésimo ataque, los amigos y clientes acudieron al rescate comprando los amasijos de papel, pintura y vidrio. Pero después llegaron dos cócteles molotov. Y otro allanamiento. Y una pira pirómana de libros incendiados. De modo que Ignacio y Marta decidieron comprar persianas blindadas. Pero no había blindaje posible contra la siguiente amenaza: un pistolero de ETA intentó el 14 de septiembre de 2000 asesinar a José Ramón Recalde, esposo de la librera y exconsejero socialista en los Gobiernos del peneuvista José Antonio Ardanza. Era imposible garantizar la seguridad de un local en la parte vieja de la ciudad, de modo que Lagun se trasladó en 2001 al número 3 de la calle de Urdaneta, que es la sede que visito: “Uno hubiese querido ser un librero normal, sin problemas añadidos, pero en nuestro caso continuar con la actividad profesional era la alternativa al exilio”, me dice Ignacio. “Estamos trabajando en el relevo generacional, pero el éxito no está garantizado”.
    Para que el conflicto se convierta en posconflicto, en memoria y, finalmente, en historia, es imprescindible que los jóvenes vayan ocupando un lugar que sea y no sea –al mismo tiempo– el de sus mayores. Por eso camino desde Lagun hasta Garoa Kultur Lab. La madre de sus jóvenes libreros, Flor Illarramendi, se inspiró en la londinense Foy­les para crear su propio establecimiento en Zarautz; así nació a principios de los setenta la primera Garoa, que se convirtió en la librería de cabecera de, entre otros, Jorge Oteiza. Cuarenta años después, su hijo Imanol y ella coincidieron en la capital británica, fueron a Foyles como quien va a su mito de origen y él decidió seguir el negocio de sus padres. Y no sólo hacerlo en el pueblo, sino también en la ciudad, como laboratorio cultural.
    “Nuestra librería tiene sus raíces en Zarautz”, me dice Imanol, “y ahora estamos trayendo todo lo que ya hicimos allí también a Donostia para seguir aprendiendo”. Y añade su hermano Eneko: “No paramos de experimentar”. Desde el sótano de Garoa han lanzado la plataforma Osoigo, una web donde cualquiera puede formular preguntas a 374 políticos de 35 partidos de toda España. “La verdad es que poco a poco se está avanzando en la normalización política”, me comentan, “aquí vienen personas de todos los colores, tanto víctimas como familiares de presos de ETA, porque así es nuestro país, lo dibujen como lo dibujen. Todos tenemos conocidos y amigos en ambos lados de la trinchera”. Aquí abundan encuentros entre personas que piensan diferente. Esa es la esencia de toda librería.