lunes, 21 de septiembre de 2015

El camino de espinas de la basílica de Arantzazu











¿Por qué son catorce, y no doce, los apóstoles que diseñó Jorge Oteiza para el friso de la fachada principal de la basílica de Arantzazu? Esta es una pregunta a la que los frailes del santuario que guarda la imagen de la patrona de Gipuzkoa están más que acostumbrados a responder con buen talante y grandes dosis de paciencia. Probablemente, tras el impacto que produce la monumentalidad del edificio que diseñaron los arquitectos navarros Francisco Javier Sáenz de Oíza y Luis Laorga, el friso de los apóstoles es lo que más reclama la atención de los visitantes y peregrinos. Pero indefectiblemente se sobresaltan cuando comprueban, después de repetir el recuento, que allí hay dos figuras más de las que esperaban encontrar.
El friso de los apóstoles de Oteiza no figuraba en la fachada de la basílica de Arantzazu el 30 de agosto de 1955, fecha en la que el templo fue bendecido y abierto al público, después de no pocas vicisitudes y cinco años después de que fuera colocada la primera piedra.
El camino de espinas que ha marcado la construcción y decoración del templo se inició en abril de 1950 con la publicación de las bases del concurso de anteproyectos para la construcción de la nueva basílica. «Apostar por el formato de un concurso abierto para proyectar un templo fue un avance para la época que permitió a catorce equipos de arquitectos presentar sus propuestas», señalan Juan Biain, de Arantzazu Gaur, y el arquitecto Miguel Ángel Alonso en un artículo publicado en la revista Arantzazu, que ha editado un número especial con motivo del sesenta aniversario y en homenaje a los constructores del templo.
Si el formato fue un avance, el falló del jurado a nadie dejó indiferente. Por unanimidad estimó que el anteproyecto ganador, presentado por los jóvenes arquitectos navarros «tiene a la vez un profundo sentimiento religioso, moderno, es decir, una arquitectura actual que, si no entronca en aquellas arquitecturas tradicionales tan extendidas por el País Vasco, se haya dentro de una corriente de arquitectura religiosa moderna».
Aun sin la redacción del proyecto definitivo, el 9 de septiembre de 1950 se colocó la primera piedra, en un acto con amplia repercusión mediática mientras que en los círculos académicos relacionados con la arquitectura arreciaba la polémica que enfrentaba a los escandalizados defensores de la tradición barroca con quienes pensaban que era el momento de dar un paso más allá. Entre las voces detractoras del proyecto la revista Arantzazu destaca la de un crítico que llegaba a asimilar el moderno diseño de Sáenz de Oíza y Laorga con el de una fortaleza o un presidio. Fue tal la polémica que los arquitectos tuvieron que salir a la opinión pública a defender su proyecto. Y así, en 1951, Laorga aseguró en una jornada de debate convocada por el Círculo Cultural Guipuzcoano que «igual que rechazaríamos el vestir un traje del siglo XVI debemos de huir de expresarnos arquitectónicamente con el barroco o el gótico».
En 1951 se iniciaron los trabajos de construcción con la previsión de concluir la obra en dos años, pero nuevamente las espinas volvieron al camino. La trágica muerte en accidente de aviación de Pablo Lete, provincial de los franciscanos y decidido impulsor del proyecto, junto a la separación de los equipos de los arquitectos derivaron en la introducción de modificaciones respecto al diseño original y en la ralentización de las obras, de modo que la nueva basílica no pudo ser abierta al culto hasta 1955. En ese momento la imagen del edificio era más sencilla y más austera que la diseñada en el anteproyecto. Y además faltaban los principales elementos decorativos. Y no porque los artistas elegidos se demorasen más de lo previsto, sino porque algunos de los proyectos volvieron a caer en una implacable incomprensión. Otra vez los espinos.
Los arquitectos habían encargado las esculturas a Jorge Oteiza; las pinturas de la cripta a Nestor Basterretxea; el ábside, a Carlos Pascual de Lara; las puertas, a Eduardo Chillida, y las vidrieras, a Javier Álvarez de Eulate. Nuevamente arreciaron las críticas y las incomprensiones y el entonces obispo de San Sebastián, Jaime Font Andreu, ordenó en 1954 la paralización cautelar de los trabajos que estaban ejecutando Oteiza, Basterretxea y Lara. No así Chillida y Álvarez de Eulate, que pudieron continuar sus obras sin mayor demora.
La suspensión definitiva, en 1955, fue un duro golpe para Oteiza. Tanto que decidió no volver a Arantzazu. Sus apóstoles quedaban tirados en la cuneta y en esta posición continuaron catorce años. A Carlos Pascual Lara no le fue posible llevar a término su proyecto para el ábside. Murió en 1958 y tres años después se convocó un nuevo concurso. Lo ganó Lucio Muñoz, que ejecutó su obra en 1962.
Nestor Basterretxea no solo sufrió la censura, sino que vivió uno de los capítulos más amargos de su vida como escultor cuando le notificaron que sus pinturas en once muros de la cripta habían sido borradas. ¿Quién cometió semejante atropello con nocturnidad y alevosía? Nadie se responsabilizó de ello.
Muy pocos contaban con que Oteiza iba a volver Arantzazu, después de que, una vez levantado el veto por parte de la Comisión Diocesana en 1966, se negara a volver al santuario alegando que su ciclo como escultor había terminado. Pero el 1 de noviembre de 1968 se puso manos a la obra y mientras que entre el 12 y el 17 de junio pudo ver situados los catorce apóstoles en el friso, el 21 de octubre colocó la Piedad en lo alto de la fachada.
La espera de Nestor Basterretxea fue mayor. Las desaveniencias con los franciscanos culminaron en 1980 y, tras llegar a un acuerdo en 1983, un año después el escultor pudo completar su trabajo para la cripta. Pero ya no era el mismo proyecto que tanto escandalizó en los años cincuenta. En esta ocasión optó por el tema de la evolución desde la mitología al cristianismo.
Pese a todas las espinas que se cruzaron en el camino, hoy nadie discute que la basílica de Arantzazu constituye un privilegiado centro «de espiritualidad y encuentro», en palabras de Iñaki Beristain, portavoz del santuario, y especialmente un hito del arte en Euskadi que es visitado todos los años por miles de peregrinos que siguen preguntando a los frailes por qué los apóstoles son catorce y no doce. E indefectiblemente, parafraseando a Oteiza, la primera respuesta casi siempre es la misma: «Son catorce porque no había sitio para más». Luego matizan: «En realidad son catorce representaciones de ser apóstol».