miércoles, 15 de junio de 2016

El escultor del vacío llena el Museo de Valle





«Díscolo, indómito, provocador, incómodo, rebelde, fugitivo, irrepetible, conspirador». Todos estos adjetivos tienen el mismo destino, la inconfundible figura de Jorge Oteiza (Orio, 1908-San Sebastián, 2003). Los pone en fila Gregorio Díaz Ereño, director del museo que lleva su nombre. Y no se detiene ahí. Habla Díaz Ereño del artista cuya obra es esencial para contar la historia de la segunda mitad del siglo XX como de un genio «poliédrico, en permanente lucha contra el engaño y la impostura, quijotesco, agitador cultural, disidente, inconformista, de conciencia crítica...». Según él, Jorge Oteiza «es todo y más». Y con esa carga enorme, que va de la antropología a la utopía, pasando por la ética, la estética y la filosofía, viene ahora a Gijón. No él, que falleció hace 13 años, pero sí su obra, que lo dice todo sobre él. Una colección completa que se dejará mirar, a partir de este domingo, en el Museo Evaristo Valle, de Gijón. Allí, el considerado como el escultor del vacío -a su experiencia, análisis y búsqueda dedicó su vida- llenará la sala de exposiciones temporales, a partir del domingo.
Las piezas, 11 en total, todas fundidas en bronce o zinc, pertenecen a su primera gran etapa, la que va de 1949 a 1969. Curiosamente ninguna viene del museo navarro, sino del de Santander. Brillan en sus colecciones gracias a la donación de Pablo Schabelsky, amante del arte nacido en San Petersburgo en 1914, que de niño al morir sus padres, fue adoptado por sus tíos de Santander. Convertido con el tiempo en coleccionista donó aquello que de Oteiza había acopiado, haciendo del museo cántabro uno de los más potentes en representación del escultor vasco.
La única pieza que no viene de su mano es 'Caja Vacía', que procede de una colección particular y es todo un símbolo en la obra del nuevo invitado del Evaristo Valle. Con ella queda patente, como escribe Gabriel Rodríguez en el catálogo de la exposición, que «Oteiza irrumpe en el panorama artístico español como un auténtico tsunami, rompiendo moldes y conceptos».
A Gijón llega, además, con dos retratos fotográficos realizados por uno de sus amigos del alma, el gran escultor asturiano nacido en Ceuta, Amador Rodríguez, que le eternizó analizando las líneas de una de sus obras en actitud totalmente reflexiva y besando a Itziar, el busto de cemento con el que retrató a su mujer y que hoy reposa en colección privada, tras ser vendido hace tiempo por 120.000 euros. Además el propio Amador, de cuya muerte se cumplieron 15 años la semana pasada (10 de junio de 2001), también le espera representado por sus esculturas en el museo de Somió. Una pequeña muestra le rinde memoria y ofrece la posibilidad de acercarse a cinco de sus espléndidas piezas. 
Pero el auténtico protagonista de la cita del domingo es Oteiza. A sus primeros pasos, «persiguiendo la magia de las culturas ancestrales», regresan algunas de las piezas seleccionadas para esta exposición. Otras hablan del tiempo en que introduce «la reflexión sobre el vacío». Interesa destacar, y así lo hace Gabriel Rodríguez, que todo el trabajo del escultor vasco «está inspirado por el mismo afán espiritual de hacer una obra metafísica».
Las primeras esculturas del conjunto, de 1949, se corresponden con el regreso de Oteiza a España «después de su periplo americano, donde se forjó su interés por la cultura precolombina, interés compartido también con Henry Moore». Fue en aquel tiempo cuando conoció al escultor inglés, que deja un importante rastro en su obra. Es evidente en 'Mujeres murmurando' o 'Figuras', que se verán en Gijón. A partir de 1950 «aparecen nuevos planteamientos en sus investigaciones sobre la figura humana, de formatos verticales, vaciados en canal y de carácter mas existencialista». Caso de 'Adán y Eva' y 'Xenpelar'.
Hay distancias en las etapas están, pero ambas están unidas por un trabajo fundamental. La preparación de su obra para el Santuario de Aránzazu, algunos de cuyos bocetos se citan ahora en Gijón, como 'Cabeza de Apóstol para Aránzazu' y 'Asunción para Aránzazu', 'Friso con cuatro Apóstoles', y 'Piedad de Aránzazu'. Unos y otros, alimentados de la carga de profundidad que dejó el escultor en herencia, podrán contemplarse hasta el 25 de septiembre.